sábado, julio 02, 2005

1) Sin objeciones por mi parte a las reglas del debate –y agradecido por tu hospitalidad–, y, novias y parientes aparte, no me opongo a lo de las chicas vestidas de enfermeras, o de colegialas. Se aceptan, pues, nuevas propuestas, pero se reclama que sean más paritarias.

2) No deja de ser curioso que, como tú lo planteas, podría terminar resultando que el contenido principal de la discusión no saliera de la aclaración y establecimiento de los presupuestos previos. Me explico: tu principal objeción –aquí y en otros textos anteriores, así como lo es también de todas las críticas que se nos formulan– es la de que la crítica al nacionalismo catalán se hace desde un más o menos ocultado nacionalismo español. Tú, en cambio, puesto que no te consideras nacionalista catalán, declaras que tus opiniones tampoco lo son, y que tus objeciones, por lo mismo, no están hechas desde presupuestos ideológicos nacionalistas. Es decir, ambos vemos lo mismo: a un nacionalista que dice que no lo es. Lo más inmediato que con ello se dice es que el nacionalismo es, en el mejor de los casos, una ideología con la que quienes así opinan no quieren verse identificados, y, en el peor, repudiable. El malentendido puede aclararse si se repara en que el nacionalismo es eso, una ideología, y que lo que se juzgan, por tanto, son ideas, y no personas. No puede dilucidarse, por tanto, declarativamente (soy periodista o calvo): es nacionalista quien tiene ideas nacionalistas, por lo mismo que es xenófobo, a despecho de que declare que no lo es, quien a continuación dice que no quiere mezquitas en su barrio. Asimismo, con tales opiniones parece admitirse implícitamente que tal vez sí sería legítima –y quizás hasta conveniente– la crítica tanto de la política como de la opinión catalanonacionalistas si no se hiciera desde el españolismo. Porque existen aquellas dos cosas, ¿no? Hay partidos que se definen como tales, y el principal nos gobernó durante ¡23 años! y el otro forma parte del actual gobierno, y, sin embargo, en cuanto se formula la crítica, nadie parece verlos: ¡¿nacionalismo catalán, dónde?! ¡Déme pruebas, yo sólo veo nacionalismo español! En cualquier caso, y para no caer en la injusta falacia de reprocharte lo ajeno, yo no he leído nunca una crítica tuya al nacionalismo catalán en tanto que nacionalismo catalán. Y no creo abusar de la lógica deductiva si digo que no haber encontrado oportunidades para tal crítica puede considerarse una prueba, al menos en negativo, de nacionalismo. Guste o no, la consideración de los asuntos identitarios como propios de la política es lo que define el nacionalismo. Y por tales entiendo desde lo simbólico –políticas destinadas a promover una supuesta identidad común, que, también se quiera o no, desde esa concepción es la que determina la condición de ciudadano–, hasta las doctrinas que sostienen la existencia de un sujeto comunitario –Cataluña– en nombre del cual se reclama un poder que ya nadie se molesta siquiera en decir cómo va a beneficiar al ciudadano, así como las políticas que legislan sobre el uso público de las lenguas basadas en un inexistente principio de «lengua territorial», y regulan –¡y legislan y hasta inducen a la delación!– su uso privado. Y si eso no es así, entonces tendrás que ser tú quien me diga qué debemos considerar nacionalismo catalán. (En cuanto a J. Aranzadi, muy brevemente: efectivamente es un ensayista valiosísimo que, desde el nacionalismo, evolucionó hacia posiciones críticas del mismo desde las que ha contribuido con aportaciones muy importantes. Hace cuatro años, sin embargo, escribió un extenso y erudito libro, El escudo de Arquíloco, en el que postulaba, frente a la barbarie vasca, el desistimiento y la deserción, siguiendo el ejemplo del personaje del título, declarando explícitamente que lo motivaba el miedo, y que eso era legítimo. Aurelio Arteta, uno de los ensayistas que, junto a otros pocos, con mayor coraje, rigor y exigencia moral ha ejercido la crítica a esa barbarie durante todos estos años –con un enorme riesgo personal– escribió sobre él una extensa crítica («Arquílico como pretexto (Una crítica de la deserción)», Claves de Razón Práctica, 128, diciembre 2002, pp. 53-60) que tal vez sea uno de los mejores textos que se hayan escrito en España sobre estos asuntos y, en cualquier caso, un verdadero ejemplo de honestidad y rigor críticos. Y como el propio Arteta escribió (El País, 19-3-05): «No sé quién de los dos lleva más razón en sus reflexiones, pero todavía aguardo una respuesta razonable a las mías».

3) El nacionalismo español. Sin duda existe, y ha crecido durante estos últimos años, opinión nacionalista española difundida desde algunos medios de comunicación: radio (particularmente la Cope) y prensa (Abc, La Razón y El Mundo), pero no, desde luego desde la televisión, que es, sin duda, el más importante desde el punto de vista de la conformación de ideología pública. ¿Pero puede decirse que hay una opinión pública catalana, en Cataluña, de nacionalismo español? Yo creo que no, siempre que se convenga que oponerse al nacionalismo catalán no es necesariamente nacionalismo español. Es decir, que es posible una crítica no nacionalista. Hay que decir, de paso, que yo creo que sí existe opinión españolista en Cataluña, pero no tiene presencia pública y, aunque yo no la comparta, legítimamente debería tenerla. Y habría que preguntarse a qué se debe semejante anomalía, que se muestra ya en el solo hecho de que el adjetivo catalanista es de «curso legal» y está bien reputado, y españolista, en cambio, no sólo parece proscrito –no conozco a nadie que se declare tal públicamente– sino que se usa cada día más frecuentemente como dicterio. Para empezar a definirlo hay que establecer una premisa: la mera existencia de cualquier Estado da lugar a una serie de manifestaciones –símbolos oficiales, denominación del conjunto de sus ciudadanos mediante un gentilicio común, y otros muchos, por no hablar de la Constitución o de las leyes comunes que aseguran los derechos y libertades propios de la democracia– que sólo una auténtica mentalidad paranoica como la que el nacionalismo catalán y vasco han promovido puede tachar de nacionalismo español. Como muy bien señalaba F. Ovejero, doctrina nacionalista española sería aquella que reclamase la abolición de las Autonomías, el castellano como única lengua de enseñanza en España, una Administración también exclusivamente en castellano, o incluso la reunificación de las antiguas colonias españolas en algo así como los «Países Hispánicos». A nadie podrá sonarle todo esto muy caricaturesco, pues exactamente eso, aunque simétricamente opuesto, es lo que reclaman para Cataluña todos los partidos aquí salvo el PP. Yo no sé hasta dónde llegan Jiménez Losantos et alii –confieso que ni los leo ni los escucho–, pero no creo que hasta ahí. Lo que es seguro es que ningún partido político español propone semejante programa ni aplica tal política. Pues la verdad es que tras el franquismo el nacionalismo español cayó en un merecido desprestigio negro. ¿A alguien le suena concebible que en Madrid se formase una coalición de gobierno que se autodesignase como «españolista de izquierda»? Eso no significa, desde luego, que no haya nacionalismo soterrado en el PP, pero que, afortunadamente, lo oculten vergonzantemente muestra cuál es el paradigma político español a este respecto. Sin embargo, que a nadie le rechinen aquí los oídos ante un ideologema tan falsario y tramposo como ese de «Gobierno catalanista de izquierdas» forma parte del mismo problema que impide a quienes tan sensibles se muestran para la detección de cualquier síntoma de nacionalismo español –aunque tampoco, pues nadie señala el cine, por ejemplo, con Almodóvar a la cabeza de ese neocostumbrismo español, tan rancio y reaccionario como el landismo– ver el que tenemos aquí mismo, desenmascarado, y que ha impedido la crítica política y social en Cataluña durante veinticinco años.

Mañana, más. Un abrazo

1 comentario:

catetoababor dijo...

Señores, parece que a los dos les da repelús llamarse nacionalista. Como a un ultraderechista, llamarse de derechas.
¿Es por que así se sienten más legitimados para hablar del “otro” nacionalismo?