lunes, octubre 17, 2005

REPLICAS

El profesor Echevarría ha aprovechado este fin de semana para hacer una sesión de tutoría y poner algunos puntos sobre las íes, no vaya a ser que la clase se desmande y al final no haya manera de hacerse oír.

A Bent Rotter: al hablar de la CT, y para explicarla, conviene, en efecto, tener muy en consideración la precariedad del tejido cultural español. Buena parte de la cultura de la simpatía, del buen rollo, del todos amigos que atribuye Martínez a la CT es consecuencia inevitable de la fragilidad de un tinglado cuyos integrantes tiene conciencia de que no resiste un soplo, mucho menos un puñetazo a la mesa. Que aquí no se mueva nadie, parecen decir todos, no vaya a ser que la cosa se nos quede en nada. Y que no se note que no llevamos calzoncillos.
Con esto cabría enlazar la vieja idea de que en España, lo mismo que en tantos países de Latinoamérica, la posmodernidad advino sin pasar por la casilla de la modernidad. Podría tratar de explicarse la CT desde este punto de vista.
En el campo más estrictamente literario, la precariedad se deja notar en el hecho sólo a primera vista chocante de que la industria editorial sólo reconozca dos modelos de lector: el lector al que no le gusta leer, y el lector al que, sobre todo, lo que le gusta es que le guste leer. Quizá haya ocasión de volver sobre esto.

A Anonymous B: No habría de extrañarle que “por aquí, todos los encuentros y todos los encontronazos sucedan en El País”. Se está hablando de la CT, y El País es el boletín de la cosa: no hay manera de hablar de lo uno sin lo otro.

A Bloguero: Una de las formas de combatir la CT es levantar el inventario de sus daños, y eso es algo que conviene hacer con hechos concretos y cifras reales. Con nombre propios o, dado el caso, expropiados. Vale que los acusicas están mal considerados; pero recuérdese que el oficio de intelectual lo fundó un señor que se llamaba Zola cuando publicó un artículo que se titulaba “J’Accuse”.

A Anonymous A: Creo que en definitiva nos entendemos los dos. Por lo demás, el malentendido y la atribución indebida constituyen la salsa de toda polémica, así que mal va quien se dé por ofendido en todo esto. Ya he dejado claro el juicio que como escritor me merece Millás, un tipo, por lo demás, de lo más ocurrente y simpático. Añado ahora que ya está bien de poner la literatura a un lado y todo lo demás en el otro. ¿Cómo se hace para que a uno le guste un escritor modélico de la CT si se abomina de ésta?

A Anonymous C: Su lista de 30 + 30 nombres es una demostración de la necesidad y también de los riesgos de dar nombres. No-ser CT no implica necesariamente ser no-CT, a ver si queda claro. Estoy de acuerdo con Anonymous D cuando le objeta que muchos de los nombres que usted da “no existen como emisores culturales diferenciados de la CT”. Sospecho, incluso, que bastantes de ellos son aspirantes a CT, todavía en la sala de espera (me tienta señalar algunos, pero me faltan pruebas). Dudo mucho que ni ellos ni usted puedan decir tan alegremente que no tienen “ABSOLUTAMENTE NADA QUE VER” con la CT, menos aún así, con mayúsculas. De esa doble lista, en la que hay bastantes nombres que no conozco (por cierto: mi madre es no-CT, y no la veo mencionada), por sólo unos pocos apostaría más de diez euros a que representan o pueden llegar a representar algo frente a la CT. Doy los nombres: Julián Rodríguez, Flavià Company, Ángela Molina, Germán Sierra, Isaac Rosa y Manuel Borja-Villel. Que los demás disculpen mi ignorancia, o mi escepticismo, o mi desconfianza. No pertenecer a la CT no está mal, pero aquí se trata de algo más.

A Ohmmm: mmmmmmmmmmmmm...

A Juan Carlos: me encantaría compartir su optimismo.

A Martínez: esto ha sido un paréntesis, y no sienta precedente. Quería meterlo en la sección de comentarios, pero me he liado. Luego sigo con lo tuyo.

13 comentarios:

Anónimo dijo...

Tengo bastante claro, Ignacio, que "no ser CT" no es lo mismo que "ser no-CT" o "anti-CT". Ese era, en efecto, uno de los presupuestos que tuve en cuenta a la hora de proponer una brevísima lista de personas cuya obra o gestión cultural los define, en mi opinión, bien como una "alternativa a la CT" o como "material no reapropiable por un discurso CT". Lo que quería decir con todo esto, nombres aparte, es que en todo discurso sobre el establishment cultural y sus gestiones debería haber dos partes: la crítica al establishment y sus pompas (que veo que estáis haciendo, y estoy aprendiendo algunas cosas) y la descripción -que no excluye el cuestionamiento y la crítica- de los medios distintos del establishment, los que consituyen, de una u otra forma, una alternativa. Es esta parte del debate la que echo en falta por ahora, aunque ya asumo que sólo lleváis unos días discutiendo.

Guillem Martínez dijo...

¿Y por qué no incias tú esa discusión, así vamos ganado tiempo? Una súplica: para dar mayor agiliadad al compedio, sería bueno que los anónimos dejaran de firmar como tales. Para diferenciarlos y diferenciar voces. El mundo está repleto de pseudónimos. Aquí van varios: Perico de los Palotes, Eto'o, Dolly Parton.

Anónimo dijo...

Diría que con seis posts que llevo escritos ya hay más que suficiente para "iniciar una discusión", si procede, y que a partir de aquí es más bien cosa vuestra decidir si todo esto es "tema de discusión" o, como ya he leído algunas veces, "no existe". Sospecho que el discurso del "no existe" os gusta más, u os motiva más, que el del "algo existe", pero puede ser una percepción equivocada. Mi firma es anónima como también es anónima tanta gente que, aun llevando años publicando y con bastantes libros y revistas en la calle, parece ser que "no existe" -y un inexistente que firma con seudónimo sería pelín insustancial, no trobes?

bloguero dijo...

¡Y con tutoría personalizada! Mejor que en la UOC y encima gratis.
Bueno, confieso que no he leído nada de Zola, pero de una búsqueda rápida en el google me he llevado la impresión de que a este señor le citan los intelectual o casi-intelectual en el trance de denunciar lo que sea: la restauración de los restos del Born, las martingalas del PP o el caso Carod, a quien algun intelectual ha comparado con Dreyfus. ¿No constituye un símil demasiado socorrido?¿Qué tiene que ver el caso Dreyfus con el caso de la cosa CT?

bloguero dijo...

Al inexistente que no firma con seudónimo: no existir tiene sus ventajas. ¿Cuáles? Un momento que me las pienso.

bloguero dijo...

Ya está: te ahorras el trance de ser invitado a cenas y, si me apuras, casi de cenar.

Anónimo dijo...

Definitivamente, soy CT. Aceptadme como soy, que yo resién ahora me acabo de aceptar.

Ms. Cebrián

bloguero dijo...

Yo no se si eres CT o no, Ms. Cebrián. Lo que si se es que no sabes mandar un post con seudónimo. ¡A ver si entre cena y cena te enteras de como funciona la herramienta!

Anónimo dijo...

Hola:

Soy Pep, estoy vivo, y pido perdón a la concurrencia por el ladrillo que voy a colgar. Esta sacado de la web http://www.otromundoesposible.com/?page_id=49&page=1, y se trata de un fragmento de una conferencia de Juan Aranzadi -no-CT- sobre historia y nacionalismos en la España actual.

Un cordial saludo.

Pero si eso ocurre con la memoria, no hay nada sin embargo que obligue a los historiadores, a las Universidades, editoriales y medios de comunicación a doblar y reforzar ese inevitable desajuste entre memorias individuales y “memoria histórica” -mucho mejor aceptado por los vencedores que por los vencidos, por los franquistas que por los resistentes al franquismo- con un conjunto injustificable de agravios añadidos a la memoria de los vencidos en la guerra civil y a la memoria de los resistentes al franquismo: el silencio historiográfico sobre ciertos episodios y fenómenos (como el maquis o la amplitud e intensidad de la represión franquista en la guerra y en la larga posguerra), la atención selectiva prestada a otros hechos más acordes con la imagen deseada de España (como la “modernización” económica y social bajo el franquismo) y la interpretación un tanto edulcorada y embellecida de la Monarquía y de las fuerzas políticas que jugaron un papel protagonista en la llamada “transición a la democracia”.

Nada hacía obligatorio o necesario el olvido historiográfico y mediático de unos españoles, con la consiguiente sordera e inatención a su memoria, ni la desmesurada y casi hagiográfica atención prestada a otros. Y sin embargo ocurrió, ¡vaya que si ocurrió!
La memoria humana tiene la particularidad de ser mucho más sensible al dolor y al fracaso que al placer y el éxito: los momentos buenos se olvidan pronto y el recuerdo del dolor sufrido perdura mucho más que la memoria del dolor causado. Eso hace que el verdugo olvide o manipule su pasado con mucha más facilidad que la víctima, eso hizo que -después de la guerra civil española y la larga represión franquista- los vencedores y sus hijos, los represores y los privilegiados, olvidaran o manipularan ese duro y oscuro pasado mucho más fácilmente que los vencidos y sus hijos, que los oprimidos y los perseguidos, los torturados y encarcelados por el franquismo. Por eso los vencedores en la guerra y sus herederos políticos, los franquistas de dos o tres generaciones, vivieron con alivio y normalidad los olvidos historiográficos de los 80 y los 90, con tanta normalidad que algunos llegaron a creer y a defender que el pasado había sido así; pero por eso también las doloridas memorias individuales de los vencidos y de los antifranquistas se resistieron tenazmente a ese olvido y la rememoración de su pasado siguió disponible para el historiador que quisiera escucharla.

Lo que está ocurriendo en los últimos años en España no es que se esté recuperando la memoria, pues somos legión los que, desgraciadamente, nunca la perdimos porque era una memoria herida, humillada, dolorida. Lo que está ocurriendo es que los historiadores, las editoriales y los medios de comunicación están prestando atención a esas memorias nunca perdidas y que la investigación, conocimiento y relato de episodios, fenómenos, períodos y gentes hasta hace muy poco olvidados y preteridos está ingresando en la Historia. (...)
Lo que en los últimos años se está produciendo en España no es un cambio en las memorias, no es una rememoración de algo olvidado. Es un cambio en la Historia, en la actitud de los historiadores, de los políticos y de los medios de comunicación hacia hechos, personajes, episodios y fenómenos del pasado sobre los que durante el largo período llamado de “transición a la democracia” y hasta hace muy poco se prefería no fijar la mirada pública. Es un cambio en la Ideología, en la actitud ideológica con que se contempla, se analiza, se desvela, se disfraza, se encubre, se manipula o se oculta ese pasado, incluido el inmediato pasado –el período de “la transición”- que decidió ignorarlo.

En mi opinión, el reciente y creciente interés historiográfico y mediático por el período franquista, la guerra civil y la República –y en este punto enlazo el tema de la Historia con el de los Nacionalismos en España hoy- sólo puede entenderse en el marco del intento de regeneración ideológica del nacional-catolicismo español emprendido durante la última década por Aznar y los Gobiernos del PP. Y ese intento, por ahora medio frustrado, sólo puede entenderse sobre la base del notable éxito previo en la mitificación de la transición democrática, pues el olvido historiográfico y mediático del franquismo, la guerra civil y la República entre 1975 y finales de los 90 no es sino la otra cara de la leyenda de la transición.

Cuando hablo de mito o leyenda de la transición no me refiero sólo ni principalmente, aunque también, al “pacto de silencio” sobre el reciente pasado y sobre el mismísimo presente que todo el mundo acepta que existió: silencio sobre la represión franquista, sobre la persistencia de las torturas policiales, sobre la guerra sucia contra ETA, sobre el papel de las Fuerzas Armadas, sobre la instauración franquista de la Monarquía, sobre las sombras de la dinastía borbónica, etc., etc. A lo que me refiero fundamentalmente es al mito historiográfico sobre el supuesto motivo político de ese “pacto de olvido”: la reconciliación de los españoles y su común voluntad de no hurgar en las heridas del pasado para evitar así el supremo mal de una guerra civil siempre acechante.

Afirma la leyenda que la moderación y madurez del pueblo español, cuyo correlato en la clase política fue la búsqueda incesante del consenso, permitió una transición ejemplar a la democracia que evitó a España la guerra civil y el crónico agonismo de los dos últimos siglos. Evitar a toda costa la repetición de la guerra civil habría sido, según la leyenda, la obsesiva voluntad del pueblo español y de los políticos de la transición.

Es posible que fueran muchos los que llegaron a creer en ese mito, pero lo cierto es que no hubo nunca, en el tercio final del siglo XX, ni el más ligero peligro de que se produjera en España nada ni remotamente parecido a la guerra civil. De lo que sí hubo un riesgo constante durante décadas –riesgo que se hizo bien real el 23 de febrero de 1981- fue de golpe militar. En mi opinión, lo que ha pasado a la leyenda como temor al peligro de repetir la guerra civil no era, en realidad, sino miedo a un Ejército golpista que marcó de modo muy claro los límites de lo que era políticamente posible: ese miedo y esos límites condicionaron poderosamente el consenso político en torno al reconocimiento de la Monarquía instaurada por Franco y en torno al texto de la Constitución de 1978, especialmente su Preámbulo.

Eso explica que en España hubiera una transición a la democracia, bajo la forma de una Monarquía Parlamentaria restaurada por segunda vez, y no, como antes hubo en Italia y Alemania, una recuperación de la democracia bajo la forma de restauración de la legalidad republicana. Y aunque, políticamente, la legitimación democrática a posteriori de la Monarquía Parlamentaria española sea absolutamente intachable, desde el punto de vista de la Historia, la necesidad ideológica de situar al Rey al margen y por encima de “las dos Españas” por fin reconciliadas y la necesidad política de no ofender ni enfadar a un Ejército mayoritariamente franquista decidido a ejercer su control y su tutela sobre el consenso de los políticos, obligaron a silenciar o falsear cualquier fenómeno o personaje histórico que tuviera una conexión directa o remota con la sublevación franquista y con la larga cadena de crímenes de la dictadura.

En la visión del pasado promovida por esa Desmemoria Histórica del período de la transición, sobre la imagen sincrónica de los dos bandos enfrentados en la guerra civil se fue superponiendo la imagen diacrónica de dos períodos históricos de signo opuesto, la República y la Dictadura franquista, de tal forma que el período anterior a la República, a la guerra civil y al franquismo, la Monarquía Española representada como eterna, aparecía fraudulentamente como imagen supra-histórica de la reconciliación de los dos bandos enfrentados en la guerra y la culpabilidad por el desencadenamiento de ésta –exonerados los monárquicos “de Centro”- se repartía entre republicanos y franquistas, entre la Izquierda y la Derecha, diluyéndose así la responsabilidad intransferible de la sublevación militar que la provocó y que la derecha democrática española ha tardado más de treinta años en condenar.

Esa imagen del pasado promovida por los interesados silencios de la transición se convirtió, durante los años de gobierno del PP, en ideología explícita defendida por historiadores de amplia difusión mediática que han canonizado y divulgado masivamente la tesis de que la guerra civil española comenzó con la revolución de Asturias de 1934 y que, por tanto, fue la Izquierda revolucionaria, con el PSOE incluido, la principal causante de la misma.

La revisión histórica de la España de la primera mitad del siglo XX, realizada desde una descarada perspectiva de derechas, exculpatoria de la sublevación militar y embellecedora de un franquismo presentado como modernizador de España, ha sido, durante la última década, sólo uno de los ingredientes ideológicos del intento aznarista de regeneración simbólica del nacionalismo español.

La declarada voluntad de Aznar de “devolver a España al lugar que le corresponde” y volver a hacerla “una, grande y libre”, voluntad que le impulsó a formar parte de un “trío de las Azores” que parece un símbolo de la traslatio Imperii y que nunca ocultó su admiración por la Monarquía Hispánica de los Reyes Católicos y de los Austrias, ha tenido durante los años de gobierno del PP manifestaciones simbólicas de diverso tipo: desde algunas de carácter grotesco, como la boda principesca de su hija en El Escorial o el sainete bélico de Perejil, hasta otras de un maquiavelismo político de moralidad más que dudosa, como la desvergonzada utilización partidista del antiterrorismo y la conversión de las víctimas de ETA en mártires de la unidad de España y de la Constitución para poder así proclamar su caracter sagrado e inmodificable.

En el terreno político, es digno de destacar que uno de los ingredientes de esta renovación ideológica del nacionalismo español haya sido un intento de devolverle a la Iglesia Católica su poder institucional y su papel privilegiado de educadora de los españoles, un intento de subirse a la ola de la Contrarreforma católica emprendida por Juan Pablo II de la mano del Opus Dei, los Legionarios de Cristo y Camino Neocatecumenal, un intento –en definitiva- por adaptar el viejo nacional-catolicismo español a los nuevos tiempos democráticos.

En el terreno historiográfico, además del ya citado revisionismo de la historia española contemporánea, cabe destacar la promoción mediática de numerosas biografías apologéticas de los Monarcas responsables de la pasada grandeza imperial de España, la reivindicación de la Reconquista y de la larga lucha de “España contra el Islam” como antecedente de la actual Cruzada de Bush contra el terrorismo islamista y, sobre todo, el énfasis patriótico en la antigüedad de España y en su inmemorial unidad, énfasis que llevó a un prestigioso historiador a escribir nada menos que una “Biografía de España” y que alcanzó su punto álgido en una serie de TVE titulada Memoria de España que comenzaba nada menos que con el Big Bang.

Es muy cierto que esta regeneración ideológica del nacional-catolicismo español en cuyo marco se inserta la citada historiografía patriótica es en buena medida, como lo fue también en parte en el pasado, una reacción a la creciente presión sobre el Estado central de los nacionalismos periféricos, especialmente del vasco y el catalán. La novedad de la situación actual de los nacionalismos en España es, en mi opinión doble:

1. En primer lugar, desde un punto de vista político, se ha producido un cambio paradójico. Durante la transición, el poder fáctico que a los nacionalistas españoles concedía la tutela militar del Estado iba acompañado del desprestigio ideológico del nacional-catolicismo franquista y del paralelo respeto que a los nacionalismos vasco y catalán, cuyo poder político se fue labrando lenta y costosamente, otorgaba su larga resistencia al franquismo. En la actualidad, el poder político de los nacionalismos vasco y catalán es un poder consolidado en sus respectivos territorios aunque su prestigio ideológico haya menguado notablemente, sobre todo el del nacionalismo vasco, seriamente afectado por su asociación simbólica con el terrorismo de ETA, mientras que el nacionalismo español se ha liberado de complejos y se afirma sin vergüenza, aunque no disponga ya de un Ejército golpista como brazo ejecutor y el influjo social de la Iglesia católica se halle muy disminuido.
2. En segundo lugar, desde un punto de vista historiográfico e ideológico, los nacionalismos vasco y catalán, especialmente, y en menor medida el gallego, han sido objeto desde hace décadas de un intenso y escrupuloso análisis teórico y de una cuidadosa demolición crítica de sus mitos, lo cual hace que podamos disfrutar en la actualidad de un adecuado conocimiento de su historia, de sus variantes ideológicas, de sus objetivos y de sus estrategias políticas y nos permite una razonable prognosis acerca de su futuro. Sin embargo, el análisis crítico del nacionalismo español se halla, comparativamente, en pañales y buena parte de sus mitos constitutivos siguen gozando entre historiadores y científicos sociales de una vigencia que sin duda no merecen. Ello hace que carezcamos de fundamento analítico suficiente para contestar las dos preguntas con que voy a finalizar esta conferencia:

a. ¿Es quizá inevitable que cualquier intento de regeneración del nacionalismo español acabe configurándose con arreglo al molde ideológico pre-establecido del nacional-catolicismo franquista?
b. ¿Qué futuro político tiene el nacional-catolicismo aznarista sin un Ejército golpista dispuesto a salvar, en última instancia, la amenazada unidad de España y con una Iglesia Católica seriamente debilitada en su poder y en su influencia sobre las conciencias de los españoles?

La precondición de que podamos algún día contestar a estas preguntas es que perdure y se profundice el clima ideológico recientemente instaurado en España, cuya característica principal no es la recuperación de la memoria histórica sino el restablecimiento de la libertad de investigación histórica y del análisis político sin tabúes ideológicos ni tutelas militares.

Anónimo dijo...

Sé que lo que aquí se debate es la CT y lo demás es silencio, pero no puedo evitar mostrar mi malrollo hacia la figura de bloguero: chaval, sé perfectamente manejarme en el mundo blog pero hago como si no supiera, que es también una bonita virtud.

Ms. Cebri
(última intervención en este blog por la gloria de mi padre)

Bent Rotter dijo...

Hombre, diez comentarios! Ya era hora de que esto se animara un poco. Entré el otro día en el blog del Espada y, oiga! aquello era otra cosa. Me aburrí como una ostra, pero había 200 o 300 aportaciones, yo creo que el nivel era más bajo -allí tienen hasta tomateo- pero daba vidilla.

Y espero que vayáis tocando el tema de la ultima salida de Maragall entre cena y cena. La pretensión del president -al margen de la manera en que la ha presentado- es razonable. El equilibrio en el parlament es precario y le forzó a formar gobierno de manera poco eficiente, con el estatut encarrilado -o en vías de desencarrilar- tiene que buscar la manera de mejorar la gestión, pero eso acabará sirviendo otra vez de caja de resonancia para la fragilidad de las instituciones catalanas y un enfrentamiento entre Maragall y el PSC (y de ambos con el PSOE, pero cada uno por su lado) no es un escenario deseable.

Anónimo dijo...

Hola Bent:

Yo apuesto por los cambios -Carretero especialmente-. Me sabe mal que no salte Nadal, que salten Rañé y Vallès y, sobre todo, espero que no tengamos que ver la unión de dos cosas que son exactamente lo contrario: Justicia e Interior.

Por lo demás, la frase "Maragall se ha superado a sí mismo" que encabezaba la crónica de El Periódico es llamativa.

Apartado de esfuerzo y melancolía:

"Dábamos ayer la noticia (¿sí...?) de la aparición en el Estatuto de los derechos colectivos. Sería un error considerar que la aberración tiene un carácter meramente nacionalista, y que alude únicamente a los pueblos. Basta ver 4.2: “Los poderes públicos de Cataluña deben promover las condiciones para que la libertad y la igualdad de los individuos y de los grupos sean reales y efectivas”. ¡La libertad y la igualdad de los grupos!"

Apartado de Lo Único Tangible, artículo 9.2:

"Corresponde a los poderes públicos promover las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integra sean reales y efectivas; remover los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud y facilitar la participación de todos los ciudadanos en la vida política, económica, cultural y social."

Un cordial saludo.

marquinho dijo...

Maragall es un político no-CT. Cuando no toca liar un buen pitote, lo lia. Cuando toca callar, grita.
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Maria de la Pau Janer. Ehem. Brillante ganadora del Planeta. Planeta people. Planeta dinero. Planeta envidia. Como la lio el Juan Marsé el dia antes y el dia de la entrega del premio. Es tipo lo que contaba Guillem el otro dia del premio ese de no se dónde que gano Cesar Vidal. Igual sólo era para darle salsa. Igual es que al Marsé le ponía la Janer y como que ella prefirió al Dr.Corbella -vaya otro- ahora la quiere putear.
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Se puede ser no-CT aquí si, allá no? O la gente que es no CT es siempre no-CT, escriba dónde escriba?