domingo, octubre 30, 2005

ESTO ES LARGO PERO, POR FAVOR, NO SE LO PIERDAN

Se equivoca, Martínez. Yo no me pongo, como usted dice, a leer el Marca, no me venga a confundir al personal. Yo siempre leo el Sport. Por otro lado, ya ve lo poco que me luce esto de poner ejercicios. Aquí nadie pega brote. Será que estamos solos. Pero he aquí que usted, pese a todo, ha hecho los deberes. Y debo admitir que muy bien. Algo es algo. Ya tenemos un ladrillo puesto. Ahora no queda sino continuar. Me llevo su diccionario para corregirlo y ampliarlo en los próximos días, a la espera aún de la próxima entrega. De momento, y para no dejar cabos sueltos, quiero prolongar la reflexión que apuntaba el otro día. Al final, ya lo verá, llegaremos al mismo sitio, aunque por distintos caminos.
La carta-proclama del Círculo Lateral, “asociación cultural avalada por el prestigio de la revista homónima”, quería llamar la atención sobre una típica, casi rutinaria convocatoria de un acto cultural en el más puro estilo CT, a iniciativa de un característico —aunque insignificante, pero por eso mismo elocuente—órgano de la CT: a saber, “la revista homónima”. Algunos elementos retóricos de esa carta merecían que se reparase en ellos. El título de las jornadas anunciadas, por ejemplo: “Literatura sin ficción”. Una forma de prejuzgar, ya desde su cabecera, el contenido de aquello sobre lo que se va a discurrir: los géneros periodísticos de la crónica y del reportaje, y el género todavía emergente del blog. En la medida en que lo amparamos todo bajo el manto intocable de la literatura, lo desactivamos de toda carga comprometedora. Pues se trata de literatura, siempre y al fin y al cabo. La discusión que pueda tener lugar, será una cuestión literaria, concentrada todo lo más en esas categorías idiotas ahora tan de moda, como la de “relato real” bajo la que se presentaba al lector la novela Soldados de Salamina.
Siendo así, no es de extrañar que los impulsores de las jornadas se permitan tildar a las personalidades convocadas de “apasionados de la realidad”. Se comprende que eso vale prácticamente lo mismo que decir apasionados de la literatura, siendo que la realidad viene a constituir, en definitiva, poco más que un subgénero de aquélla, lo que suele entenderse por “un buen material”. En el mundo chiripitifláutico de la CT, la palabra, sobre todo si bien escrita y articulada, tiene esa virtud: la de convertirlo todo en literatura, dividida ésta, de un tiempo a esta parte, en dos grandes ramas: la literatura con ficción y la literatura sin ficción. De la realidad real, si existe tal cosa, se ocuparían los políticos.
En cuanto al programa de las jornadas, querido Guillem, y a salvo de sorpresas (¿nos darás tú una?), parece que se ajusta a lo previsible. Por mucho que en la carta-proclama se diga que van “a debatir sobre las relaciones entre periodismo, literatura y ética”, los artistas convocados, antes que a la confrontación, parecen mejor dispuestos a tratar del tema de su especialidad, es decir, de si mismos y de sus obras, sobre lo cual no hay gran cosa que debatir. El título de la charla de Bru Rovira —“Volver a contar historias”— suena casi a pitorreo, a la luz de tu diccionario. Ignacio Martínez de Pisón hablará de su último libro, y Jorge Herralde, de su editorial. Lo que puedan decir Arcadi Espada sobre el blog y Juan Villoro sobre la crónica, me temo que ya está dicho antes y en alguna parte, aunque nos mantendremos atentos. La joya de la corona, en cualquier caso, es el título anunciado para la charla de Margarita Rivière: “La evolución del periodismo clásico en género de ficción”. Toda una definición de lo ocurrido en los periódicos españoles en los últimos treinta años. A ver qué nos dice la señora.
Este sucinto análisis de lo que insisto en calificar como una rutinaria convocatoria de un típico acto cultural marca CT, quiere ilustrar, mediante un ejemplo práctico y no particularmente escandaloso, más bien todo lo contrario, el paradigma en el que nos movemos generalmente cuando nos referimos a cultura, al menos por estos pagos. Pero quiero dejar constancia de que es posible subvertir e incluso dinamitar este paradigma, siempre desde dentro. Y quiero hacerlo de nuevo con un ejemplo práctico. Atentos, porque lo que sigue es, a mi juicio, sensacional, y viene al pelo para nutrir la reflexión y la búsqueda en la que, mejor o peor, andamos liados.
El marco nos lo ofrece, una vez más, una típica convocatoria de acto cultural marca CT. Esta vez la iniciativa corre a cargo del Institut de Cultura, en el Palau de la Virreina, donde Manuel Cruz dirige un ciclo titulado –en el más puro estilo CT— “Llibres per pensar. Llibres per somiar”. Se trata de intercambiar miradas entre los que en esta ocasión se llaman “profesionales del espíritu”: intelectuales con formación filosófica y narradores de ficción a los que se pide que diserten sobre un libro en concreto, a condición de que sea, en el caso de los filósofos, un libro de ficción, y en el de los novelistas, un libro de filosofía. Ocho charlas en total, en las que participan Fernando Savater (“La Celestina”), Bernardo Atxaga (“Caminos del bosque”, de Heidegger, aunque se entiende que el bosque es vasco), Victòria Camps (“La Regenta”), Belén Gopegui (la “Retórica” de Aristóteles), Josep-Maria Terricabras (“Tirant lo Blanc”), Juan Villoro (“Emilio”, de Rousseau), Manuel Cruz (“A la búsqueda del tiempo perdido”) y Baltasar Porcel (“Fragmentos” de Heráclito).
Día 27 de octubre. El pasado jueves, como quien dice. Habla Belén Gopegui, a quien tres días antes yo mismo he descrito en este blog como un genuino ejemplar no-CT. En la sala, las acostumbradas veinte o treinta personas. Bastantes, si se piensa en lo disuasorio del asunto. Silencio. Gopegui comienza a exponer, con la concienzuda responsabilidad que la caracteriza, su lectura del texto de Aristóteles. Lo hace con elocuencia y con originalidad, pero sin desviarse del texto, poniendo el acento en la preocupación que mostraba Aristóteles por que, toda vez que se hable, tanto más si se hace de cara a un público, se empleen los recursos adecuados para convencer. En un momento dado, Gopegui resuelve contrastar las premisas de Aristóteles con las que rigen en la actualidad, y se propone hacerlo mediante un ejemplo concreto. Su ejemplo es tan bueno, es tan desenmascarador de lo que vendríamos entendiendo aquí por la retórica CT, constituye, en la práctica, un ejercicio tan brillante y tan demoledor de crítica a la CT —con una inefable galería de algunos de sus representantes más conspicuos—, que me vi en la obligación de, amparado en la amistad que nos une, pedirle a Belén que me autorizara a colgar en este blog el fragmento correspondiente. Ella accedió muy amablemente (confieso que no las tenía todas conmigo), y aquí se lo sirvo a todos ustedes en primicia y como un estupendo material de trabajo para seguir hablando de lo que aquí estamos hablando. Como una perfecta demostración, por otro lado, de que no estamos hablando exactamente de literatura, sino de un fenómeno —la CT— que obedece a intereses económicos e ideológicos de contenido inequívocamente conservador, por mucho que sus paladines se autoproclamen como progresistas, e incluso como gente de izquierdas. Recuérdese aquí que la CT fue, como ya dijo Ferlosio, un invento del Gobierno. De un Gobierno socialista, por cierto. Pero ya volveremos sobre esto.
Quienes deseen consultar el texto completo de Gopegui, que sepan que en los próximos días quedará colgado en www.rebelion.org . Los que hagan tal cosa, tendrán ocasión de enterarse cómo continuó su charla. Pero de eso también nos ocuparemos otro día, porque lo merece.
Martínez: ya sé que me voy a pasar de espacio por un tubo. Pero haz cuenta de que lo que sigue es una entrada nueva. No iba a achicar yo mi entradilla para que luego me reprocharas tú que me dedico a hacer el vago. Además, ya me he terminado el Sport, así que algo tenía que hacer. Y hoy es domingo. Pero silencio ahora.


HABLA BELÉN GOPEGUI:

A Aristóteles le preocupaba analizar lo que es adecuado en cada caso para convencer. Veamos qué se entiende hoy por lo convincente en un caso concreto, el caso del huracán Katrina. Tomo como ejemplo el diario El País, pues me parece representativo de lo que hoy se puede considerar un gran medio de comunicación.
En el editorial del treinta de Agosto, este periódico decía: “¡Qué diferencia con el tsunami que las navidades pasadas devastó el sureste asiático! (...) Ahora ha tocado la cara de la moneda: ver cómo la ciudad de Nueva Orleáns se vaciaba de un millón de personas, siguiendo una orden de evacuación. Es la respuesta de una sociedad rica, avanzada y previsora, con capacidad de anticipación!”.
Días más tarde, cuando la realidad desastrosa impuso sus imágenes a los deseos de los editorialistas, un nuevo editorial decía cosas como: “La decisión de la Administración de Bush de no seguir adelante con los planes para reforzar los diques de contención de las aguas en Nueva Orleáns y la entrega de los humedales cercanos a la especulación inmobiliaria cercenaron las defensas de la ciudad”. Como fácilmente se advierte, ya no es la sociedad rica, avanzada y previsora la que está siendo juzgada sino sólo la Administración de Bush. Quizá haya administraciones peores y mejores, y digo quizá porque lo que sin duda hay en el capitalismo es una sola política económica posible. En todo caso, el cambio de registro resulta revelador. Más revelador aún cuando, a partir de ese momento, se inicia lo que podríamos llamar una serie, una sucesión de artículos de columnistas que tratan de colocar lo ocurrido en el Katrina no en un lugar útil para el común de las gentes sino útil para la clase dominante.
Comienzan a dúo el mismo día Herman Tertsch y Rosa Montero apelando a fragilidad como categoría: “Tan inermes, tan frágiles”, dice Montero. “Extremadamente quebradizos ante la adversidad”, dice Tertsch. De fondo, valores conservadores como la resignación, la conformidad con la desgracia, valores que avergüenzan cuando se escuchan en boca de los privilegiados. A continuación, ante el horror, los saqueos por hambre, los disparos, las violaciones, aparece el reproche no al sistema político y económico sino a la naturaleza humana malvada. Ambos hablan en efecto de, según Montero: “la brutalidad primordial, el ciego y fiero imperio del más fuerte, el instinto animal de depredación”, y según Tertsch: “las miserias, las crueldades, los defectos, corrupciones y traiciones que salpican y corroen nuestros actos humanos”. Es la conocida idea de la derecha, el hombre es malo, no son las leyes las que están mal hechas, no es que falte hoy, como diría Aristóteles, una ciudad en donde las facultades del hombre puedan alcanzar su pleno desarrollo, sino que, al decir de estos columnistas, la maldad es instintiva o primordial. Los hechos , por cierto, desmintieron luego las violaciones, y la mayor parte de la brutalidad, aunque no la violencia institucional destinada a proteger la propiedad privada.
En días sucesivos, Elvira Lindo y Juan Cruz enlazan con la línea del editorial e insisten en que no es el sistema político el que ha fallado sino una administración concreta. El culpable es Bush y su partido que elige por una especie de maldad intrínseca. Ahora cito a Elvira Lindo: “rebajar los impuestos a los ricos, hacer oídos sordos a las obras públicas y favorecer la codicia diabólica de las grandes empresas”. Resulta llamativa la vuelta del vocabulario católico, no es la tasa de beneficio lo que mueve a las empresas sino la codicia, y esa codicia es además, diabólica. En idéntica línea, Juan Cruz dice: “Está a punto de anunciarse que, otra vez, los ricos pagarán menos impuestos, cada día es más obvio que el descuido social castiga a capas cada vez más amplias de la población”. Como ven, la expresión: “el descuido social castiga”, no tiene desperdicio. Más allá de eso, fijémonos en cómo cierto lenguaje anticuado, progre, estatalista, según el cual los ricos deben pagar más impuestos que los pobres, regresa a los columnistas si bien no, en absoluto, al partido que esos columnistas defienden, ya sea en España ya en los Estados Unidos.
También Juan José Millás recurre a la magia de los impuestos: “Cuando nosotros, a base de competir por ver quién es el partido político que baja más los impuestos, tengamos un Estado famélico, también exigiremos que nos permitan guardar una pistola debajo de la almohada”, dice. Es interesante señalar que en esos mismos días Zapatero había anunciado la subida de los impuestos para pagar el déficit sanitario. Ahora bien, ¿la subida de qué impuestos? La subida de los impuestos indirectos, aquellos que no distinguen entre pobres y ricos y por lo tanto claro que distinguen obligando, proporcional e inevitablemente, a pagar mucho más al pobre que al rico. Impuestos, recuerden, sobre el alcohol y el tabaco, y aquí Aristóteles se hubiera vuelto loco si hubiera tenido que explicar la existencia de una comunidad que al tiempo que prohíbe o critica unas sustancias por considerar que hacen daño y matan, se organiza de tal modo que le sea imprescindible que la población se ponga ciega de esas sustancias, pues de lo contrario no habrá quién atienda a los enfermos ni habrá hospitales donde atenderlos.
Pero sigamos con el huracán. El tema de la desigualdad atraviesa tanto columnas como editoriales. Al decir de Elvira Lindo: “El fantasma de África ha perseguido a los negros hasta alcanzarles, no el África de la que vinieron hace siglos como esclavos, sino el África de hoy, el África violenta y devastada”. Sugiere así, para nuestro asombro, que la esclavitud y el colonialismo en nada tendrían que ver con el África de hoy, serían dos fenómenos aislados. Pero sobre todo la imagen de Lindo insiste, como se hizo en general en la mayoría de los medios durante esos días, en el hecho de que, incluso cuando la catástrofe natural ocurre en un país rico, incluso entonces la naturaleza elige a los pobres, a sureños pobres y negros. Lindo lo atribuye al fantasma de África, también podría haber hablado de un imán misterioso, pero quizá hubiera sido mejor que hablara de que cuando se dieron las órdenes de evacuación los sureños ricos se fueron y no hubo autobuses disponibles para quienes no tenían medios propios. Además, en esas órdenes de evacuación, los oficiales del gobierno no ofrecieron viviendas ni comida para los desplazados. Muchos de los que tenían transporte para escapar del huracán también usaron sus ahorros y perdieron sus trabajos. Y aun cuando hubo quien se atrevió a acusar a los que se quedaron de imprudentes, se sabe que aquellos que pudieron salir no tenían mejor sentido común, tenían más dólares. Todo esto es lo que Lindo convierte en el fantasma de África. Pese a todo, hemos de saber que el huracán produjo grandes destrozos en Florida, Bahamas, Luisiana y Missisipi. Hubo sureños blancos y ricos que padecieron. Y es como si no existieran. Quizá porque tenían sus casas aseguradas, sus empresas aseguradas. Y quizá también porque la existencia de ricos vulnerables convierte el Katrina en un hecho real y no en una película de Bush y los negros. No hemos construido una comunidad. Estamos solos y es mejor pensar que no nos tocará a nosotros o que, si nos tocara, acumulando dinero el día de la catástrofe estaremos protegidos porque acumular dinero es todo lo que se espera de nosotros, todo lo que los columnistas, y aquellos a quienes representan, son capaces y están en disposición de hacer.
El capitalismo no puede construir una comunidad, en una comunidad se promueven cualidades mientras que el capitalismo está obligado a promover cantidades. El dinero sistematiza en una unidad toda la complejidad del individuo. En este sentido, el tercer editorial de El País es un modelo retórico en sí mismo. Este editorial se publicaba el viernes nueve, a la vez que la columna donde Millás decía: “vamos hacia una organización económica insolidaria, atroz, injusta, antidemocrática”. Millás de nuevo relacionaba este hecho no con el capitalismo y sus cifras ni con las democracias que lo articulan sino con la extrema derecha que, misteriosamente, ha llegado al poder. Millás se ve abocado, como el resto de los columnistas, a un cúmulo de contradicciones internas. El editorial en cambio parece decir: dejémonos de palabrería y hablemos de lo que ha sucedido en realidad, a saber: “el factor Katrina simplemente ha complicado un shock petrolero de demanda con otro
shock de oferta. Se supone que el choque de oferta será pasajero y que la producción afectada se recuperará”.
Voy a referirme a un último tópico muy usado por los columnistas esos días, el resurgir. El domingo once, Manuel Vicent lo enunciaba de esta forma: “Nueva Orleáns será salvada de las aguas por sus enamorados de todo el mundo que queremos viajar junto con Vivien Leigh y Marlon Brando (...) en el Tranvía Llamado Deseo”. Y Montero escribía: “Con el tiempo, llorarán a sus muertos, asumirán sus duelos”. No me cabe duda de que las personas privadas de hijos, amigos, hermanos y también de cobijo, también de un lugar donde caerse muertos, privadas de todo eso no por el huracán sino por los intereses que incluso el mismo periódico de esos columnistas había criticado, no me cabe duda de que esas personas verían en las dos frases que acabo de leer muestras de un cinismo intolerable y sangrante. Tampoco me cabe duda de que por la cabeza de ninguno de estos columnistas jamás pasó ni remotamente la posibilidad de que sus frases fueran entendidas de un modo sarcástico. Regreso entonces a Aristóteles para explicar a qué pueda ser debida esta suerte de distancia insalvable entre formas de mirar.
Recordarán que para Aristóteles el ser, la vida, funciona como elemento de restauración lingüística. Primero está la vida y después el lenguaje. Pero para Montero, como para Vicent, como es clásico en la posmodernidad, parece ser a la inversa. Es el lenguaje el que funciona como elemento de restauración, y así sus palabras, o los enamorados de una película, reconstruirán Nueva Orleans. Lo que ocurre cuando se abandona la exigencia de restaurar el lenguaje en la vida es que desaparece la obligación de argumentar. Al fin y al cabo, como también dice Montero, y cito: “Dentro de poco se habrá vuelto a remendar el vaporoso espejismo de la realidad”. Basta, entonces, con que funcione ese “vaporoso espejismo” en el cual el frío, la fatiga, las telas mojadas, el barro, no tocan la piel.
En cierto modo, no deja de ser un síntoma de salud, aun cuando insuficiente, la exigencia popular de que los políticos visiten los lugares afectados. Es insuficiente pero a partir de esa exigencia aún se puede fundar algo, construir sobre tierra y no sobre imágenes. Recientemente se publicaba en La Jornada un artículo en donde se daba cuenta de cuál es el equivalente material de palabras como las de Montero. Dice Montero en El País: “Limpiarán y reconstruirán día tras día, con tesón de hormigas, la ciudad devastada”. Dice David Brooks en La Jornada: “Una de las primeras decisiones del presidente George W. Bush, pocos días después del desastre en la zona del Golfo de México, fue suspender la ley Davis Bacon, que obliga a todo contratista que firma un convenio federal a pagar un sueldo equivalente a los niveles prevalecientes en la zona. El efecto de esta suspensión fue que empresas como Halliburton y decenas más cobraran al gobierno como si pagaran altas remuneraciones a sus empleados, pero desembolsaban menos que el salario mínimo para incrementar sus ganancias. Cuando residentes locales rechazaron salarios inferiores, o las empresas enfrentaron la realidad de que los trabajadores estadounidenses gozan de ciertos derechos, los contratistas optaron por la mano de obra inmigrante indocumentada.
Inmigrantes mexicanos y centroamericanos reconstruyen Nueva Orleáns y otras zonas devastadas por el huracán Katrina, pero en lugar de recibir gratitud son explotados, a veces vejados y al final sujetos a una ola de resentimiento y desprecio debido a las políticas federales de reconstrucción y las prácticas empresariales”. Si un día las tensiones entre los inmigrantes hispanos y los habitantes de Nueva Orleáns estallan, si se producen varios linchamientos o algunos otros hechos espectaculares, entonces imagino que volverá a empezar la rueda: apelaciones a la miserable condición humana, lágrimas de cocodrilo por las desigualdades, exigencias de cocodrilo pues se sabe que no se cumplirán, mala conciencia. Algo semejante a lo ocurrido tras la represión de los treinta mil africanos en Melilla. Decía Aristóteles: “deliberamos sobre o que parece que puede resolverse de dos modos, ya que nadie da consejos sobre lo que él mismo considera que es imposible que haya sido o vaya a ser o sea de un modo diferente, pues nada cabe hacer en esos casos”. Por eso cansan cada vez más los columnistas, y por eso quizá debieran cansarse, por eso entendemos por retórica algo vacío, hueco, falso.
Pues si sabemos que en este sistema político y económico no existe posibilidad de que estos hechos puedan resolverse de dos maneras, sino que hay una sola manera posible, entonces ¿cómo no desconfiar de quienes hablan como si deliberaran, como si en verdad tuvieran algo que proponer? Y si no hablan para proponer nada, si los asuntos sobre los que se pronuncian no podrían ser de otra manera ¿entonces por qué no guardan silencio? Sospechamos de su retórica pues si en verdad piensan que “vamos hacia una organización económica insolidaria, atroz, injusta, antidemocrática”, entonces ¿cómo pueden seguir defendiendo a los partidos, a las instituciones y a las empresas que sustentan esa organización?


posted by Ignacio Echevarría at 2:25 PM
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3 comentarios:

Bent Rotter dijo...

Impecable.

bloguero dijo...

¿Qué hace el señor embajador cuando uno de sus invitados le lanza una bolita? Mira hacia otro lado.

Anónimo dijo...

Después de leer la columna de hoy sobre fútbol y Javier Calvo, uno se pregunta a qué se está jugando. ¿Sólo Isaac Rosa y Javier Calvo? ¿Qué concepto de cánon se baraja? Y sobre todo, en el momento que se inventa algo tan reduccionista como CT, ¿cómo se puede analizar seriamente el fenómeno? Se podrían espigar muchos ejemplos de los últimos años, de artículos de I.E. y G.M. que los sitúan dentro de lo que ellos mismos están definiendo como C.T.
El debate es interesante, pero lo veo desorientado.
Qué opinan?